En Granada y Sevilla algo se mueve. No hace ruido, pero se siente. Crece entre patios de colegio, se cuela en las conversaciones y brota en forma de árboles, mapas emocionales y compromisos compartidos. Tiene nombre propio: PICEA, el Plan Integral de Cuidados Emocionales y Ambientales impulsado por Farmamundi.
No llega solo. Forma parte de una historia más grande —Verdea y Justi(cia)— donde la salud del planeta y la justicia global dejan de ser conceptos lejanos para convertirse en realidad cotidiana.
Cuando el barrio se siente
Los barrios hablan. Y la infancia los escucha. En los diagnósticos participativos realizados con niñas y niños de 4º y 5º de Primaria apareció una verdad clara:
la suciedad, el ruido o la falta de zonas verdes no son solo problemas urbanos… también duelen por dentro. Generan tristeza. Inseguridad. Malestar. Y alguien lo dijo sin rodeos, con esa claridad que solo tiene quien lo vive de cerca:
“Cuando salgo al parque y está sucio, me pongo triste… pero cuando plantamos árboles siento que lo estamos arreglando” alumna de primaria participante en el proyecto.
Así nace el PICEA: desde la certeza de que no hay salud sin planeta, ni bienestar emocional sin entornos que cuiden.
Superheroínas sin capa (o casi)
Pero esta historia no va de problemas, va de respuestas.
Y aquí entran en escena ellas y ellos: las niñas y niños convertidos en agentes de cambio. Con la ayuda de metodologías creativas como el artivismo y la inspiración de Sol, una superheroína muy terrenal, han hecho algo poderoso:
Mirar su entorno con otros ojos
Mapear cómo se sienten en él
Detectar lo que suma… y lo que resta
Imaginar cómo transformarlo
Porque cuando la infancia toma la palabra, el barrio se convierte en territorio de posibilidades.
El “triple cuidado”: una brújula para no perderse
En este camino, el PICEA no improvisa. Se guía por una lógica sencilla pero revolucionaria: el cuidado en todas sus formas.
Cuidado de las personas, porque cada emoción importa.
Cuidado de los procesos, para que todas las voces cuenten y nadie quede fuera.
Cuidado de los resultados, porque transformar no es hacer… es que algo cambie de verdad.
Una manera de hacer que rompe con el adultocentrismo y apuesta por relaciones más justas, horizontales y vivas.
Del aula al suelo que pisamos .
Y aquí viene lo importante: esto no se queda en discursos.
El PICEA baja al terreno. Se planta —literalmente— en los barrios:
Nuevos árboles como madroños y magnolios en Cúllar Vega.
Limoneros que crecen en patios escolares.
Talleres que reconectan con la biodiversidad.
Y, sobre todo, compromisos. Como el Decálogo por la Vida del Barrio, un acuerdo vivo que suma a centros educativos, entidades sociales e instituciones para construir espacios más habitables.
Porque al final, esta no es solo la historia de un plan, es la historia de cómo una comunidad decide mirarse y empezar a transformarse desde lo más importante: